jueves, 9 de enero de 2014

Vacaciones (i)

Estaba ya muy avanzada la mañana cuando salí finalmente de casa, tras haber permanecido en reposo durante dos días resistiendo un ataque vírico. Me abrigué mucho, sobre todo el cuello, y caminé un atajo que llega a la estación temporal de trenes tras atravesar, durante la mitad de su recorrido, un camino pedregoso que, como si se tratase de un pliegue en el espacio tiempo, conecta en tiempo récord dos pedazos de ciudad.
Atravesaba yo ese terreno verde, marrón y gris, cuando mis pensamientos me alcanzaron y pude entonces sentirme completo, consciente de dónde estaba y a dónde me dirigía. Me arrodillé con dificultad, pues era ése quizá mi primer esfuerzo físico en muchas horas, y recogí del suelo una piedra, que no tenía nada de especial.

Tu color gris no es el gris de la ciudad

A mi derecha, un irregular grupo de casitas inclinadas parecían protegerse las unas a las otras, arrimándose como dientes en una boca objetivamente fea. En una de esas casas, recordé, vivía Marcos el gigante. Me clavé en el suelo. Mis pensamientos esperaron, unos metros más allá. A mi izquierda, las ruinas de algo que podría haber sido un colegio, partían el horizonte el dos. Arriba, Dios. Abajo, unas Nike del 41.

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